El Odio

Estándar

Escribo en el New York Times que tenemos la posibilidad de empezar la transición a una democracia en el Ecuador.

El momento es de una fragilidad impresionante. Porque al final del día, Moreno hizo algo que cambio todo sin cambiar nada: desmilitarizó la política. Bajo las armas. Dejó de convertir el ejercicio de lo público en una guerra entre revolucionarios y vendepatrias. Entre izquierdistas buenos y derechos malos. Entre correctas virtuosos y todos los demás mediocres, malintencionados, corruptos, agentes de la CIA y todos los epítetos que se les ocurra. Un enfrentamiento a muerte entre los de “de mentes lúcidas, corazones ardientes y manos limpias” contra quienes representan el “viejo país”.

El desarme en la política ocurrió de un día para otro y sin previo aviso. Así que de un golpe los ecuatorianos nos quedamos sin tener a quien odiar.

Para quienes no lo recuerden, la polarización fue la estrategia que aplicó Rafael Correa y sus acólitos durante los últimos 10 años. Lo dijeron explícitamente y con gran dosis de cinismo los jerarcas del antiguo régimen, como Fernando Alvarado: “¿Cómo politizábamos al ciudadano común, haciéndolo participar en un cambio revolucionario en paz? ¿Cómo cambiabas tú esto, si no identificabas a un grupo como los interesados en mantener un statu quo de beneficios y privilegios que caracterizan su forma de vida versus los cambios profundos que teníamos que hacer y que sabíamos que los iba a afectar?”. Había que polarizar. Después, me diría que la política es un ring en el que hay que vencer al contrario. “Tienes que derrotarlo en sus aspiraciones, intereses y privilegios. Tienes que ubicar al contrario en la otra esquina. Allí está la polarización”.

Y ahora nos hacen esto: ya no tenemos que odiarnos unos a los otros, ¿O sí? Razones para odiar, al final, sobran. Siempre habrá algo: el vecino dejo basura en la acera, el tipo del bus me miró mal. Ese otro viste estrafalario. La que vende donuts en la calle es extranjera y además me dice que soy feo. Así que el odio ahora en el Ecuador se encauza contra los venezolanos. O contra unas chicas venezolanas que se atrevieron a comentar negativamente el físico y ciertas costumbres culinarias callejeras de los ecuatorianos. Horror de horrores. La espumilla convertida en factor de Honor Nacional. La longuera como ofensa a la Dignidad de la Patria.

¿Estamos todos locos? Sí, la locura se llama 10 años de correísmo. Es decir, 10 años de odio. Lo terrible de los regímenes autoritarios populistas como el que finalizó el 24 de mayo en Ecuador es que saca lo peor de la gente, sean estos fanáticos revolucionarios a muerte u opositores supuestamente liberales.

El correísmo, la polarización, el autoritarismo, no están solo en el aparato estatal. No están solo en leyes, decretos, jueces sumisos, parlamento ovejuno o partidarios de un movimiento corrupto. No, esa es la superficie, la verdad es que el correísmo reposa en las almas de millones y ahora flota sobre el país como una nube hedionda de la mierda más fétida.

Respirando la mierda ya no se puede pensar y conversar sobre nada sin odiar. Entonces, gente supuestamente sensible e inteligente se vuelve de la noche a la mañana en odiadores profesionales que se indignan por quítame las pajas y son incapaces de conversar sin insultar o de debatir sin tratar de aplastar al otro con su superioridad moral, intelectual e ideológica.

Lo he visto en temas como el de la corresponsabilidad parental o ahora con el asunto de los venezolanos: académicos, poetas y poetisas, periodistas… gente a la que uno respetaba y ahora simplemente se arrastran por el fango.

Todo esto, me dice que la transición, aún, es una mera posibilidad que se irá cumpliendo a pesar de nosotros mismos y que terminará el día en que los ecuatorianos podamos estar en paz y reírnos de nosotros mismos y conversemos sin complejos y falsos patriotismos con todos aquellos que no entienden nuestros manjares callejeros y nuestra exótica belleza.WhatsApp Image 2017-09-14 at 19.34.28

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