Con el dedo en alto

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El incidente entre el cantautor Jaime Guevara y el Presidente puede quedar reducido a una disputa de si el Presidente dijo la verdad al llamarle borracho, marihuanero o si el testimonio de vida austera, abstenía y comprometida que ha dado “El Chamo” en sus 58 vueltas por la vida son aval suficiente para saber que el Presidente se equivocó y entonces debe rectificar, como ha ofrecido. Aunque no disculparse, porque “este tipo no merece disculpas”, como anunció el Mandatario en el conversatorio de los martes con los medios en Guayaquil.

A Jaime Guevara como persona se la ha causado un enorme daño en su honra. Y eso no es un asunto menor. Porque los insultos se repitieron en el enlace presidencial del sábado que es transmitido por radio y TV hasta en el último caserío del país. Las palabras del Presidente fueron incluso más insultantes aquí: Ese pobre hombre no se podía parar de lo borracho que estaba. Hablaba incoherencias. Es drogadicto. Llevaba una droguería encima y para confirmarlo muestra el parte del jefe de la Guardia Presidencial.


Los hechos hasta ahí ya espeluznan, más aún si anotamos que no es la primera vez que sucede algo así y ante un insulto o una seña lanzada al paso de la caravana presidencial, varios ciudadanos han sido maltratados con anterioridad.


Por eso digo, que el problema aquí no es, sí tal ciudadano consume alcohol o incluso drogas. Eso es problema de cada persona y es parte de sus opciones personales, que a estas alturas, con dosis personal, esto es caer en un juego con una moralina impresentable.


 Lo que deberíamos preguntarnos es qué clase de sociedad estamos construyendo dónde el Presidente de la República no soporta y actúa con sus propias manos al menor gesto de protesta e irreverencia ante el poder que representa. ¿Qué representa el dedazo o la bayoneta en alto como lo llama Jaime Guevara? No es un insulto personal. Estoy seguro que Jaime Guevara no tiene nada personal y ni siquiera se deben conocer personalmente con el Señor Correa.  Pero, ya el Presidente anunció que “mientras él sea Presidente, no permitirá que nadie le muestre el dedo”… Un anunció que parece sacado de las películas de Sacha Baron Cohen.


Lo que hizo el Cantautor es expresar su rechazo y su protesta. Y en una democracia tenemos el derecho a hacerlo. Ante el gesto, el Primer Mandatario detiene la caravana presidencial con militares y policías que lo custodian y va a castigar al irreverente, lo cual, incluye la posterior difamación pública del “malcriadito”.


Pero la intolerancia ya es un mantra en el oficialismo. “Nadie puede insultar al Presidente” clamaba un asambleísta de PAIS con quien compartí un panel en una radio. Sin que me diera tiempo a explicar que un mandatario democrático tiene que aguantar porque debe someterse al escrutinio público, porque al ejercer el poder tiene la protección del Estado, porque puede responder fácilmente cualquier expresión que considere injuriosa. ¿Un ciudadano que tiene? ¿La bolsa del pan? Otra asambleísta se indigno porque se les dijo que tenían actitudes antidemocráticas y tronó: “No vamos a permitir ni aquí ni en ningún lado que nos digan antidemocráticos”

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