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Hoy es el último día de este invierno en Buenos Aires y amaneció con una mezcla de celestes, amarillos y rojos que preludian la llegada de la primavera. Ayer, mi compañera de vida, me preguntaba, si me sentía más tranquilo acá, miles de kilómetros al sur, en una metrópoli que ahoga las pequeñeces humanas en su majestuosidad. Debo decir que la mire con escepticismo y no supe que contestar. Por un lado, es refrescante tomarse un café con amigos y compartir experiencias y alimentarse de visiones que van más allá de lo doméstico, pero por otro lado la sensación de persecución, no es algo que se olvide pronto. Pero, como ayer me decía Jorge Lanata: vivir sin miedo es la virtud de una democracia. Si vivimos con temor puede ser cualquier cosa, menos una sociedad democrática. 

El martes recibí el premio de Editorial Perfil a la Libertad de Expresión Internacional. Lo acepté, así lo dije, porque consideró que es un reconocimiento a la lucha de todos quienes han decidido no callar, pese a que cada día se incrementan las presiones, los aprietes, las amenazas… Y como símbolo de eso, esta el caso reciente de Jeanet Hinostroza y las intolerables amenazas que han terminado por sacarla del aire. 

El asunto es que ciertos siniestros personajes decidieron aguar la fiesta del martes. Llegó una funcionaria del Estado enviada directamente desde la la Secretaría de Comunicación de la Presidencia de la República, la señora Elena Rodríguez y lo primero que hizo es preguntar a Jorge Fontevecchia, presidente de la Editorial Perfil, “¿por qué premian a un agente de la CIA?” El ilustre periodista argentino debe haber quedado como Condorito ante semejante infamia disfrazada de una pregunta. 

En la ceremonia la cámara del Gobierno registró a todos los asistente, y no la premiación. Se concentró en mis familiares: Especialmente en mi esposa, la compañera de vida a quien, la señora Rodríguez llama despectivamente “Una mujer”, en una infame nota, reproducida por los medios oficiales. 

Las cámaras del Gobierno me han perseguido por muchas partes. Pero lo cierto es que aquellas imágenes, manipuladas, se utilizan después en las cadenas nacionales y en los enlaces presidenciales para tratar de denigrarme, apretarme, estigmatizarme, acusarme de cualquier cosa que quieran inventar. Porque no tienen límites. En esas circunstancias, ¿tenía el derecho o no de negarme a ser sometido a nuevos vejámenes? Y cómo mi esposa intervino recordando que tenemos hijos y que lo que hacían era una infamia, entonces, dirigieron sus armas, quiero decir sus grabadoras y cámaras hacia ella. La defendí, como correspondía. Sin agredir a nadie, pero con firmeza. Si me quieren acusar por eso, adelante. Creo que cualquiera de ustedes hubiera hecho lo mismo. Cualquier que tenga un poco de sangre en el cuerpo haría lo mismo. ¿No reivindican los funcionarios de este Gobierno el honor herido y la familia afectada como causa para enjuiciar y ensuciar periodistas? Esto sería un caso más de doble moral, sino fuera que ya vamos entendiendo que en el actual estado de cosas, existimos ciudadanos de segunda o de tercera, frente a los nuevos amos que van en primera clase. 

Como el mundo se ha puesto al revés, se reivindica que exista una política pública que censura a los ministros y con ello afecta la posibilidad de que los funcionarios rindan cuentas y devuelvan la información que no les pertenece a los ciudadanos que quieren informarse a través de los medios de comunicación privados, incluso aquellos descalificados como “mercantilistas”. Como sí viviéramos en un país en guerra y no en una democracia. 

Pero se me niega el derecho y hablan de agresión, cuando un ciudadano común como yo que no maneja recursos públicos, ni fue electo para ejercer poder de ningún tipo de aceptar las entrevistas que considere pertinente. Además, es falso que he negado una entrevista a un periodista de un medio público. ¿Por qué lo digo? Sencillamente, porque la tal “entrevista” no iba ser transmitida en ningún lado ni en ningún momento. Ya lo he vivido. Simplemente se iba con la idea de presionar y obtener frases sueltas que después sirvan para armar las cadenas, que no son más que operaciones políticas, según lo ha dicho el mismo Fernando Alvarado. Los verdaderos periodistas de los medios estatales saben que nunca me he negado a conversar con ellos, que hemos reportado las agresiones que sufren y nos hemos solidarizado con ellos, pese a que la propaganda trata de hacer creer lo contrario. 

Se qué el mundo se ha puesto al revés, pero recuerdo bien que todos los Maestros del periodismo te dicen que es una indecencia utilizar la cámara, el micrófono, la pluma como armas… Si alguien procede así, está prostituyendo el oficio y así se lo dije a la señora Rodríguez y lo reitero con todas sus letras. Lo curioso es que esto ya lo viví antes. Cuando denuncie las canalladas que hacían los Isaías con sus medios, igual me montaron una campaña de acoso. Ahora sucede lo mismo y, ni siquiera, cambian los personajes. Por eso pedí, con toda propiedad, a la señora Rodríguez, que no se llamara a sí misma periodista y que asumiera su verdadero rol, que en este caso, no es otro que el de agente del Estado. Creo que cualquiera haría lo mismo si ve que alguien denigra la profesión que ama. 

Se que del otro lado no puedo esperar ningún gesto de humanidad. Han decidido destruirme y harán lo posible para que eso ocurra… Y como no voy a doblegarme ni a callarme seguirán inventando cualquier cosa, porque adoptan la táctica de tratar de desacreditar al mensajero para no tener que explicar los hechos. Explicaciones como, ¿cuánto costó movilizar a esta persona a Buenos Aires para qué me siguiera? ¿Qué hecho de interés público era tan significativo para gastar esos recursos que nos pertenecen a todos? ¿Es legítimo hacerlo? 

Por eso creo que es necesario apelar a la conciencia de quienes hoy permanecen silenciosos viendo lo que pasa. A la palabra de quienes aún siendo partidarios del Presidente Correa pueden tener aún la honradez intelectual y moral para indignarse porque se persiguen ciudadanos por el solo delito de pensar distinto. El silencio es cómplice y es necesario no callar frente a lo abusos.

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